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Presente, pasado y futuro del tratamiento para el colesterol











CHARLA-COLOQUIO
Ninguno.
Reflexiones sobre la justicia










El miércoles día 3-06-2026 hemos tenido una nueva charla-coloquio en Alcorce, esta vez con Benito Gálvez Acosta, acerca de Reflexiones sobre la justicia. El acto tuvo lugar en la sala de estar de mayores de Alcorce. Antonio Arrabal presentó al ponente, diciendo que tenemos hoy el honor de contar con don Benito Gálvez Acosta, que acumula más de cuarenta años de ejercicio en el ámbito de la Administración de Justicia. Se trata de una trayectoria verdaderamente excepcional y de una persona con una amplísima experiencia profesional. Nacido en Sevilla, ha sido uno de los ocho magistrados que integraron la Sala Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo. Asimismo, fue miembro de la Sala de Gobierno del Alto Tribunal durante cinco años. A lo largo de su carrera ha recibido, entre otras distinciones, la Gran Cruz del Mérito Militar y la Cruz de San Raimundo de Peñafort. Dejo sin mencionar numerosos méritos de una vida profesional extraordinariamente extensa y fecunda, pero pueden leerse en el cartel de esta noticia. Hoy está con nosotros para compartir algunas reflexiones sobre la justicia en general y la justicia española en particular.
Paso a narrar en primera persona su ponencia.-
Ante todo, quiero dar las gracias a Antonio, a Manolo y a otros amigos y compañeros a los que tengo la satisfacción de encontrar hoy aquí. Gracias por haberme invitado a estar con vosotros, por permitirme conocer vuestra casa, magníficamente restaurada, y por brindarme la oportunidad de compartir este espacio de conocimiento e intercambio de ideas que nos permite reflexionar sobre cuestiones muy diversas.
Me habéis pedido que hable sobre la justicia. No sobre un aspecto concreto, sino simplemente sobre la justicia misma. Y reflexionar sobre la justicia es algo más que formular una opinión o expresar una idea pasajera. Reflexionar implica profundizar, tomar conciencia e intentar conocer algo más sobre aquello en lo que se piensa.
Por eso quiero compartir con vosotros una reflexión personal.
Ya que estamos entre cordobeses, voy a permitirme recordar una idea, de nuestro paisano Séneca, que siempre me ha acompañado. Decía que, a partir de cierta edad, el hombre debe hablar por sí mismo, desde lo que ha aprendido, no limitarse a repetir las ideas de otros ni a abrumar con citas y referencias. Siguiendo ese criterio, voy a hablar de lo que he aprendido, de lo que he vivido, de lo que he escuchado y también de aquello sobre lo que he reflexionado a lo largo de mi vida profesional.
Mi reflexión arranca hace muchos años, cuando tuve la fortuna —o, hablando claro, la Divina Providencia— de superar las oposiciones que me permitieron incorporarme a la Administración de Justicia. Comencé mi trayectoria como secretario judicial, hoy denominado letrado de la Administración de Justicia, y a lo largo de este extenso recorrido profesional he tenido ocasión de pasar por prácticamente todas las jurisdicciones: civil, contencioso-administrativa, laboral y, finalmente, una que nunca imaginé que llegaría a conocer tan de cerca: la jurisdicción militar. Fue precisamente una combinación de fortuna, azar o Providencia la que me llevó a la Sala Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo, donde tuve la oportunidad de acercarme a una realidad muy particular y poco conocida.
Con frecuencia se habla de La justicia sin haberla comprendido verdaderamente, e incluso sin haber llegado a atisbar algunos de sus aspectos esenciales. A veces escuchamos opiniones o afirmaciones sobre la justicia que producen cierta perplejidad... La justicia es una realidad compleja y poliédrica, con múltiples facetas, pero posee una raíz esencial que yo calificaría de antropológica. Forma parte de la propia naturaleza del ser humano, que, a diferencia de los animales, no actúa guiado por instintos que determinen de forma rígida su conducta. Los animales reciben, por decirlo así, pautas de comportamiento transmitidas por su propia naturaleza. El ser humano, en cambio, No tiene instintos y necesita establecer límites, normas y prohibiciones que regulen la convivencia.
De ahí surge la necesidad de definir qué está permitido y qué no lo está; hasta dónde puede llegar cada uno y cuáles son las consecuencias de sobrepasar determinados límites.
Para ilustrarlo, podría ponerme en modo académico y hacer un elenco del concepto de justicia desde el punto de vista de numerosos filósofos desde la Antigüedad hasta nuestros días... Pero me limito a recordar el viejo relato de Rómulo y Remo. Rómulo delimitó el espacio de la futura ciudad de Roma, trazando un surco que marcaba sus fronteras. Aquel límite simbolizaba algo más que una simple división física: representaba una norma. Quien quisiera entrar debía hacerlo por una de las puertas. Saltarse aquella delimitación suponía desafiar la autoridad que la había establecido. Remo la desafió y lo pagó con su vida.
Más allá del valor histórico o legendario del relato, lo relevante es la aparición de tres elementos fundamentales: el límite, la norma y el poder. Y junto a ellos aparece también la idea de justicia.
Ahora bien, ¿es ese sentimiento de justicia comparable al nuestro? Probablemente no. La justicia puede entenderse como una virtud o como una cualidad, pero antes que nada es un sentimiento humano. Todos poseemos una cierta percepción de lo que consideramos justo o injusto. Pero ese sentimiento no es idéntico en todas las personas ni en todas las sociedades. Está condicionado por múltiples factores culturales, históricos, religiosos y personales.
Por ello, el sentimiento de justicia necesita transformarse en algo objetivo que permita regular la convivencia. Y esa transformación se produce mediante la norma. El sentimiento origina la norma, y la norma necesita de un poder capaz de aplicarla y hacerla cumplir. Es entonces cuando aparece la comunidad organizada y quienes ejercen la autoridad sobre ella.
A lo largo de la historia siempre ha existido alguien que ha ejercido ese poder. Y ese poder ha sido el encargado de administrar la justicia conforme a los criterios vigentes en cada época y región del mundo.
Salomón, por ejemplo, administraba justicia desde la autoridad que le confería su condición de rey. Su capacidad para decidir derivaba precisamente del poder que ejercía.
Por ello, la justicia siempre ha estado vinculada al poder. El poder implica autoridad, capacidad de decisión y, en última instancia, capacidad de imponer una determinada interpretación de lo justo.
Ahora bien, el problema es que no existe un concepto único y universal de justicia. ¿Tiene el mismo sentido de la justicia un creyente que un ateo?, ¿un centralista que un regionalista?, ¿una persona profundamente religiosa que otra completamente ajena a cualquier creencia? La experiencia demuestra que no. Cada individuo y cada sociedad desarrollan una determinada percepción de la justicia. Sin embargo, alguien debe organizar la convivencia, establecer las normas y exigir su cumplimiento. Así ha ocurrido a lo largo de toda la historia humana.
Y cuando hablamos de la historia de la justicia, conviene recordar que el mundo nunca ha sido uniforme. Con frecuencia tendemos a pensar que nuestras categorías culturales son universales, cuando en realidad responden a una tradición muy concreta: la tradición occidental, europea, grecolatina y cristiana.
No todas las civilizaciones han entendido la justicia de la misma manera. No la entendieron igual los pueblos de Oriente, ni las culturas americanas precolombinas, ni las distintas sociedades que se han sucedido a lo largo de la historia. Cada una desarrolló su propia concepción de lo justo y de lo injusto.
Por eso debemos evitar juzgar épocas pasadas con criterios actuales, hacerlo conduce al «catacronismo». Las personas de otros tiempos actuaban conforme a los valores, creencias y circunstancias de su época, no conforme a los nuestros.
Volvamos ahora al problema del poder. A lo largo de la historia, quien ejercía el poder era también quien establecía las normas y administraba la justicia. Se le llamara rey, monarca, príncipe, duque, caudillo o de cualquier otra forma... la realidad era la misma: una persona o un reducido grupo de personas concentraban la capacidad de mando. El monarca era quien dirigía, organizaba y gobernaba la comunidad. Desde nuestra perspectiva actual podemos discutir si aquello era justo o injusto, pero lo cierto es que durante siglos esa fue la forma habitual de organización política.
La historia está llena de ejemplos de luchas por el poder. Basta recordar el reino visigodo, donde las sucesiones de un rey a otro se resolvían con frecuencia mediante conspiraciones, enfrentamientos y asesinatos. La estabilidad institucional era escasa y el acceso al poder dependía muchas veces de la fuerza. Aquello era considerado normal dentro de aquel contexto histórico. El sentimiento de justicia de aquellas sociedades no era el mismo que el nuestro.
Sin embargo, con el paso de los siglos fue madurando una idea nueva. Comenzó a abrirse camino la convicción de que no resultaba conveniente concentrar todo el poder en una sola persona. Y es aquí donde aparece una figura fundamental: Montesquieu. En el siglo XVIII, al publicar «El espíritu de las leyes», formuló una idea que tendría una enorme influencia en el constitucionalismo moderno. Sostenía que la concentración de todos los poderes en las mismas manos constituía un peligro para la libertad de los ciudadanos. Por ello propuso distinguir entre tres funciones diferentes: gobernar, legislar y juzgar. Dicho de una manera sencilla, unos debían encargarse de gobernar, otros de elaborar las leyes y otros de aplicarlas y resolver los conflictos conforme a ellas. La finalidad de esta división era evitar que una sola persona o institución acumulara un poder excesivo. Cada poder debía servir de contrapeso a los otros y contribuir a mantener un cierto equilibrio institucional.
Aquella era, en gran medida, una construcción teórica. Una aspiración política y filosófica que pretendía limitar los abusos del poder. La práctica, sin embargo, siempre ha sido más compleja que la teoría. Basta observar lo ocurrido durante la Revolución Francesa. Junto a los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad, también aparecieron episodios de enorme violencia. La historia demuestra que las declaraciones solemnes y los principios teóricos no siempre garantizan por sí solos el respeto efectivo de las libertades.
El poder sigue siendo poder, con independencia de la ideología que lo ejerza. Y el poder, por su propia naturaleza, tiende a conservarse. Quien lo posee procura mantenerlo, porque sabe que, si deja de ejercerlo, corre el riesgo de perderlo... y quizá perder algo más.
Por eso la cuestión fundamental no es únicamente quién gobierna, sino también qué mecanismos existen para limitar, controlar y equilibrar ese poder. De esa preocupación surgió el constitucionalismo moderno y, con él, la progresiva configuración de instituciones destinadas a garantizar una cierta separación de poderes. Ese proceso fue especialmente importante en Europa, donde la evolución constitucional fue dando forma, poco a poco, a los sistemas políticos contemporáneos. Y es ahí donde comienza la historia del constitucionalismo español en materia de justicia.
Si nos centramos en nuestra tradición jurídica y política, debemos hablar del constitucionalismo español. La primera referencia obligada es la Constitución de Cádiz de 1812. Siguiendo la tendencia general de la época, dedicó diversos preceptos a la Administración de Justicia y abordó algunas cuestiones relevantes, relacionadas con su funcionamiento. Sin embargo, resulta significativo que no hiciera una referencia expresa a la independencia judicial. Se ocupaba de la Administración de Justicia, pero no desarrollaba todavía la idea de una justicia plenamente independiente como poder diferenciado.
Hubo que esperar a la Constitución de 1837 para encontrar una formulación más avanzada. Es entonces cuando aparece por primera vez el concepto de «Poder Judicial». La nueva Constitución le dedica un tratamiento específico y comienza a incorporar referencias a la independencia de los jueces, a su responsabilidad y a determinadas garantías de su función. No obstante, aquella Constitución tuvo una vida relativamente breve.
Posteriormente, la Constitución de 1845 abandonó nuevamente la denominación de «Poder Judicial» y volvió a utilizar la expresión «Administración de Justicia». Puede parecer una cuestión meramente terminológica, pero las palabras no son indiferentes. Cuando se habla de poder, se está reconociendo una determinada posición institucional; cuando se habla simplemente de administración, la perspectiva es distinta.
La gran transformación llegó con la Constitución de 1869. Esta Constitución supuso un avance decisivo en la configuración moderna de la Justicia. Entre otras novedades, impulsó la profesionalización de la carrera judicial mediante el acceso por oposición. Hoy nos parece algo natural, pero durante mucho tiempo no existió un sistema profesional y objetivo de selección comparable al actual. La Constitución de 1869 tuvo además una consecuencia especialmente importante: abrió el camino a la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1870 y a la legislación complementaria que la desarrolló. Aquella ley representó un hito en la historia de la Justicia española. Consolidó la carrera judicial profesional, reforzó la inamovilidad de jueces y magistrados y estableció un marco institucional mucho más estable que el existente hasta entonces.
Sin embargo, como ocurre con frecuencia en la historia, las reformas convivían con limitaciones importantes. Por un lado, se reconocían garantías para la independencia judicial; por otro, los principales cargos de gobierno y las posiciones más relevantes continuaban dependiendo en gran medida del poder político. La tensión entre independencia y control político acompañará a toda la evolución posterior de nuestro sistema judicial. Durante décadas, se mantuvo una situación en la que los jueces gozaban de determinadas garantías profesionales, pero los mecanismos de nombramiento, ascenso y dirección de la organización judicial permanecían fuertemente vinculados al poder ejecutivo.
Llegado el siglo XX, la Dictadura de Primo de Rivera mantuvo formalmente buena parte de la estructura existente, pero introdujo modificaciones destinadas a reforzar el control gubernativo sobre la Justicia. Se crearon órganos específicos para intervenir en cuestiones relacionadas con nombramientos, ascensos e inspección judicial. Aparecieron fórmulas organizativas que pretendían ofrecer una apariencia de autonomía, aunque en la práctica seguían dependiendo de quienes ejercían el poder político.
En realidad, el problema de fondo continuaba siendo el mismo: cómo garantizar una verdadera independencia judicial sin que los órganos encargados de gobernar la Justicia quedaran sometidos a intereses ajenos a ella. Esa cuestión, lejos de resolverse definitivamente, reaparecerá una y otra vez a lo largo de toda nuestra historia constitucional. Y volverá a plantearse con especial intensidad durante la Segunda República, cuando el debate sobre la independencia judicial adquirirá una nueva dimensión política e institucional.
La llegada de la Segunda República abrió una nueva etapa constitucional. Como ocurre siempre que se produce un cambio de régimen, surgió la necesidad de redefinir las instituciones y de replantear el papel de la Justicia dentro del nuevo sistema político.
La Constitución de 1931 dedicó atención específica a la organización judicial y proclamó determinados principios relacionados con la independencia de los jueces. Sin embargo, junto a esas declaraciones también aparecieron mecanismos de control político que afectaron a la carrera judicial. La realidad es que toda transformación profunda de un sistema político suele venir acompañada de cambios en las estructuras administrativas y judiciales. Y la Segunda República no fue una excepción. Durante aquellos años se produjeron procesos de depuración, reorganización y renovación de cuadros administrativos y judiciales. Se entendía que las instituciones debían adaptarse al nuevo espíritu político que inspiraba el régimen. Aquellas decisiones respondían a una determinada concepción del poder y de la función de las instituciones públicas. Sus defensores las consideraban necesarias; sus críticos veían en ellas una limitación de la independencia institucional.
No pretendo entrar aquí en juicios de valor, sino simplemente recordar que la relación entre poder político y justicia siguió siendo una cuestión abierta y controvertida. La Guerra Civil y el posterior cambio de régimen dieron paso a una etapa completamente distinta.
Durante el régimen surgido tras 1939 se mantuvo una organización judicial basada en la profesionalización de la carrera, en el acceso mediante oposición y en una fuerte consideración y respeto social de la figura del juez. La independencia judicial no aparecía formulada con los mismos términos que utilizaría posteriormente la Constitución de 1978. Sin embargo, existía una gran confianza en la profesionalidad, la honestidad y la imparcialidad de los jueces. La figura del juez gozaba entonces de un notable prestigio social. Era vista como una autoridad respetada, alejada de intereses partidistas y sometida a un estricto régimen de incompatibilidades. Los jueces tenían limitadas muchas actividades externas precisamente para preservar esa imagen de neutralidad y dedicación exclusiva a la función jurisdiccional.
Naturalmente, la organización judicial seguía dependiendo en gran medida del Ministerio de Justicia en aspectos relacionados con nombramientos, ascensos y gobierno interno de la carrera. Por tanto, la cuestión de la independencia institucional continuaba sin resolverse plenamente.
Llegamos así a la transición política y a la Constitución de 1978. La nueva Constitución quiso dar una respuesta explícita a muchos de los problemas que habían acompañado históricamente a la Justicia española. Por ello dedicó un título específico al Poder Judicial y proclamó principios como la independencia, la inamovilidad, la responsabilidad y el sometimiento exclusivo de jueces y magistrados al imperio de la ley.
No deja de ser significativo que la Constitución utilizara nuevamente la expresión «Poder Judicial». No se hablaba simplemente de «Administración de Justicia», sino de uno de los poderes del Estado.
Sin embargo, inmediatamente surgió una pregunta fundamental: si los jueces debían ser independientes, ¿quién debía gobernar la organización judicial? ¿Debía hacerlo el Gobierno? ¿Debía hacerlo el Parlamento? ¿O debía existir un órgano específico encargado de esa función? La respuesta fue la creación del «Consejo General del Poder Judicial». La Constitución lo configuró como el órgano de gobierno de los jueces y le atribuyó competencias relacionadas con nombramientos, ascensos, inspección y régimen disciplinario. La intención era clara: evitar que el Poder Ejecutivo controlara directamente la carrera judicial. Pero la creación del Consejo no eliminó el debate. En realidad, abrió uno nuevo: el relativo a la composición de ese órgano y a la forma de designar a sus miembros. Y ese debate, iniciado prácticamente desde el nacimiento del Consejo General del Poder Judicial, llega hasta nuestros días.
La Constitución de 1978 estableció la creación del Consejo General del Poder Judicial, pero fue necesario desarrollar esa previsión constitucional mediante una ley específica. Se hizo con la «Ley Orgánica de 1980», que reguló la composición y funcionamiento del nuevo órgano de gobierno de los jueces. La cuestión decisiva era determinar quién debía designar a sus miembros. La Constitución preveía un Consejo integrado por veinte vocales, de los cuales doce debían proceder de la carrera judicial y ocho ser juristas de reconocida competencia. La interpretación inicial de ese modelo llevó a entender que los doce vocales judiciales debían ser elegidos por los propios jueces y magistrados.
Así nació el primer Consejo General del Poder Judicial. Los doce vocales judiciales eran elegidos por la carrera judicial, mientras que los otros ocho eran designados por las Cortes Generales entre juristas con una acreditada trayectoria profesional. Se pretendía así combinar la participación de la propia judicatura con la intervención de las instituciones representativas del Estado.
Aquel fue el modelo inicial. Sin embargo, el debate político sobre la composición del Consejo no tardó en aparecer. Pronto surgieron voces que consideraban inadecuado que los jueces eligieran directamente a quienes debían gobernar la carrera judicial. Desde determinados sectores políticos se defendía que la legitimidad democrática exigía una participación más intensa del Parlamento en la designación de los miembros del Consejo. Ese debate desembocó en una reforma de gran trascendencia.
La Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 modificó sustancialmente el sistema. A partir de entonces, la totalidad de los vocales pasó a ser designada por las Cortes Generales. Los doce procedentes de la carrera judicial seguían siendo jueces o magistrados, pero ya no eran elegidos directamente por sus compañeros, sino por el Parlamento. Desde entonces, la cuestión de la independencia judicial y la forma de designar a los vocales del Consejo se convirtió en uno de los asuntos más debatidos de nuestra vida institucional.
Los defensores del nuevo sistema sostenían que reforzaba la legitimidad democrática del órgano. Sus críticos entendían que incrementaba la influencia de los partidos políticos sobre el gobierno de los jueces. Ese debate no ha desaparecido nunca. Durante las décadas posteriores se sucedieron diversas reformas y modificaciones, pero la cuestión esencial siguió siendo la misma: cómo compatibilizar la independencia judicial con los mecanismos de designación de quienes gobiernan la carrera judicial.
Paralelamente, también se introdujeron cambios en el acceso a la carrera y en la organización de la formación judicial. Se discutió sobre la extensión de los programas de oposición, sobre la conveniencia de determinados sistemas de acceso alternativos y sobre la necesidad de adaptar la formación de jueces y magistrados a las nuevas realidades jurídicas y sociales. Algunos defendían la preservación del modelo tradicional basado en oposiciones muy exigentes. Otros consideraban necesario introducir mecanismos complementarios que facilitaran el acceso de profesionales procedentes de otros ámbitos jurídicos. Se trataba, en definitiva, de un debate entre distintas formas de entender la selección y formación de quienes están llamados a ejercer una función tan delicada como la jurisdiccional.
Mientras tanto, el Consejo General del Poder Judicial continuó desempeñando sus funciones de nombramiento, inspección, régimen disciplinario y gobierno interno de la carrera judicial. Pero el problema de su renovación fue adquiriendo cada vez mayor relevancia. La necesidad de alcanzar amplias mayorías parlamentarias para designar a sus miembros convirtió la renovación del Consejo en una cuestión estrechamente ligada a los acuerdos políticos. Y cuando esos acuerdos no llegaban, aparecían situaciones de bloqueo institucional que prolongaban los mandatos más allá de los plazos inicialmente previstos. Así ocurrió en varias ocasiones durante los últimos años. El Consejo continuaba existiendo y funcionando, pero lo hacía en una situación de prórroga que generaba importantes debates políticos y jurídicos.
Fue entonces cuando se introdujeron nuevas reformas, destinadas a limitar determinadas competencias del Consejo cuando permaneciera en funciones. Y esas reformas volvieron a reabrir el debate sobre el equilibrio entre independencia judicial, legitimidad institucional y control político. Un debate que, lejos de haberse cerrado, continúa plenamente vigente en nuestros días.
Los acontecimientos más recientes vuelven a poner de manifiesto que el problema de fondo sigue siendo el mismo: quién gobierna el Poder Judicial y hasta qué punto ese gobierno puede considerarse verdaderamente independiente.
Durante los últimos años hemos asistido a prolongados periodos de bloqueo en la renovación del Consejo General del Poder Judicial. La exigencia de amplias mayorías parlamentarias para su designación ha convertido cada renovación en un complejo proceso de negociación política. Cuando no existe acuerdo entre las principales fuerzas parlamentarias, el sistema entra en una situación de parálisis. El Consejo continúa existiendo, pero lo hace en funciones y con competencias limitadas. Precisamente para afrontar esa situación, se introdujeron reformas legales que restringieron determinadas facultades del Consejo cuando hubiera expirado su mandato sin haberse producido su renovación. Ello provocó nuevas controversias. Para unos, tales limitaciones eran necesarias. Para otros, suponían un debilitamiento adicional de la institución. Finalmente se alcanzaron los acuerdos necesarios para proceder a una nueva renovación del Consejo General del Poder Judicial.
Y aquí reapareció una cuestión que ha acompañado históricamente a este órgano: la elección de su presidencia. Sobre el papel, el sistema parece sencillo. Los vocales designados deben deliberar y elegir a la persona que consideren más adecuada para presidir tanto el Consejo como el Tribunal Supremo. La realidad, sin embargo, suele ser más compleja. Las distintas sensibilidades presentes dentro del propio Consejo hacen que los procesos de elección resulten largos y, en ocasiones, difíciles. La necesidad de alcanzar consensos obliga a buscar perfiles capaces de generar confianza en sectores muy diversos.
Finalmente se optó por una solución de consenso que permitió poner nuevamente en funcionamiento la institución y superar una situación que se había prolongado durante demasiado tiempo. No me corresponde valorar aquí personas concretas ni decisiones concretas. Lo que me interesa destacar es que los problemas fundamentales siguen siendo los mismos que acompañan a nuestra historia constitucional, desde hace más de dos siglos.
Seguimos debatiendo sobre la independencia judicial. Seguimos debatiendo sobre la influencia del poder político. Seguimos debatiendo sobre los mecanismos de nombramiento y sobre la forma de garantizar que quienes tienen la responsabilidad de juzgar puedan hacerlo con plena libertad de criterio.
Porque la independencia judicial no es un privilegio de los jueces. Es una garantía de los ciudadanos. Cuando un ciudadano acude a un tribunal necesita tener la confianza de que quien va a resolver su asunto lo hará únicamente conforme a la ley y a su conciencia jurídica, sin presiones externas de ningún tipo. Esa es la finalidad última de todas las garantías constitucionales que rodean a la función jurisdiccional.
Naturalmente, ningún sistema es perfecto. No existe una organización institucional inmune a las tensiones políticas, a los intereses sociales o a los conflictos propios de cualquier sociedad democrática. Pero precisamente por ello resulta tan importante preservar determinados principios: la profesionalidad, la imparcialidad, la responsabilidad y la independencia.
A lo largo de mi vida profesional he conocido distintas etapas históricas, distintos sistemas organizativos y distintas concepciones de la Justicia. He visto cambiar leyes, instituciones y estructuras de gobierno. Sin embargo, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de que los ciudadanos puedan confiar en la Justicia. Sin esa confianza, las normas pierden eficacia, las instituciones pierden autoridad y la convivencia se resiente.
Por eso la reflexión sobre la Justicia nunca está terminada. Cada generación debe volver a plantearse estas cuestiones y buscar respuestas adecuadas a su tiempo. Y por eso sigue siendo necesario reflexionar sobre la Justicia, sobre su función y sobre los medios más adecuados para preservar su independencia y su servicio al bien común.
Finalmente, hubo turno de preguntas.
Al terminar, tomamos un estupendo aperitivo en honor del invitado.
CHARLA-COLOQUIO
Bernd Dietz 04/06/2026 16:24:28 Glosa de Bernd Dietz
Que aún quedan maestros, quedó este miércoles palmariamente demostrado. Nos referimos al sabio, al sujeto pensante, capaz de lograr que un auditorio exigente, y no exactamente juvenil, permanezca dos horas sin mover un músculo, casi conteniendo el aliento, desde la certeza de que está recibiendo un conocimiento precioso, útil y veraz.
Nos parece natural que el conferenciante posea un porte impecable y diserte sin la menor apoyatura en papel ni muleta digital, mientras extrae —como quien no quiere la cosa— de su fondo de experiencia el destilado de una noble vida intelectual y profesional, sin perder la sonrisa ni eludir un tono desenfadado, incluso cómico, pródigo en bonhomía en cualquier caso, para abordar cuestión tan compleja, abisal y dolorosa como es la justicia. Y ello sin improvisación, siguiendo un orden cartesiano, diciendo cabalmente lo que quiere decir —pues auctoritas deriva de autor, de quien articula su propio pensamiento, y nada tiene que ver con la potestas—, sin permitirse un adarme de retórica o de pedantería, ni alejarse un segundo de lo que Flaubert llamó le mot juste.
Parece natural, porque lo es, en el sentido de algo genuino y orgánico. Pero en absoluto lo es desde la perspectiva de lo habitual. Bien al contrario, es de una rareza audaz. Afín a un privilegio que nos remite al talante de Tales o de Sócrates, de Platón o de Aristóteles, del propio Kelsen, si nos ponemos, pero que desde su arranque nos anuncia que no piensa caer en erudiciones, ni refugiarse en una selva de citas o referencias culturales, sino que, a pecho descubierto, con el sano pretexto de expresar el criterio individual de don Benito Gálvez Acosta, pretende ir al grano desde el minuto uno.
¡Cuánto se ha perdido en la educación o la filosofía, en la reflexión jurídica o la investigación científica, al negarle el respeto a la mayéutica, a la altura de miras, al rigor moral, al acatamiento de la superioridad nacida del mérito verdadero! O, simplemente, malbaratando la supremacía emanada, sin argucias ni frivolidades, de la oralidad esencial. Si encima nos topamos con un ponente exquisito que elucida, en un acto libérrimo y concreto, tres milenios de peripecia humana en torno a la justicia, para establecer primero unas pétreas bases teóricas y ofrecer después un exhaustivo repaso de las vicisitudes ideológicas, constitucionales y políticas que vienen concurriendo en nuestra nación, desvelando las realidades entre líneas, las preferencias inconfesables, los juegos de poder y la perenne intriga asociada a nuestra condición antropológica, su proeza y nuestro goce son completos.
Un buen discurso se disfruta a fondo cuando el que escucha percibe la honestidad de las palabras, la solvencia de unas conclusiones no necesariamente explícitas ni burdamente formuladas, la aceptación estoica de lo que nos toca tragar, esa aceptación crítica e inconforme de lo dado, en fin, que nos torna mejores personas y no seres más cínicos, airados o torcidos. Aparecieron en la exposición muchos nombres propios, fechas relevantes y juicios serenos sobre contingencias que resultaron determinantes. De este modo, se analizaron la Constitución de 1812 y las que se sucedieron durante el siglo XIX en lo que atañe a su visión de la justicia y de la independencia judicial, aplicándose acto seguido idéntico prisma a la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y el régimen de Franco, para luego examinar los cambios introducidos al respecto desde 1978 hasta la más vívida actualidad. Hubo ocasión de describir procesos poco felices mantenidos y potenciados a lo largo del tiempo, como el desprestigio social de la figura del juez, tan injusto como turbiamente orquestado por los enterradores de Montesquieu; la imparable politización de la judicatura; o la deplorable disminución —no menos planificada por un legislador ya indistinguible del gobierno— de los requisitos, las aptitudes, la independencia y la preparación técnica exigibles a quienes tienen el deber y la competencia de impartir justicia.
Tal vez la lección más enjundiosa que quepa extraer de esta rutilante disertación resida en una obviedad que es, a la par, una paradoja irreductible, por desgracia no exenta de ribetes trágicos, digámoslo en acepción shakespeariana. Así, de un lado está el reconocimiento de que la ejecución de la justicia —y el doble sentido no es indeliberado— empieza y acaba siempre en el poder y las normas que decreta, como dejó sentado Rómulo al dar muerte a su hermano Remo por un quítame allá esas lindes. Y, de otro, la irrenunciable pulsión humana de buscar y exigir siempre justicia, en su significado más clásico, profundo y responsable.
Juan José García López 08/06/2026 11:26:50 juanjogarloart@gmail.com
José Enrique Serrano 10/06/2026 00:42:47 iesulord@gmail.com
Senderismo: por los cauces del Arroyo Pedroches y Santo Domingo
Ruta senderista del lunes 1-jun-2026
La temperatura fue alta. Salieron a las 9:00 desde la Glorieta Rosa de Siria, en el barrio del Naranjo. Caminaron por los cauces del Arroyo Pedroches y Santo Domingo.
El paseo estuvo dedicado a nuestra querida Carmen, para que pronto se ponga buena.
Acanto SENDERISMO
Ninguno.
Escatología. ¿Hay vida después de la muerte?















El miércoles día 20-05-2026 hemos tenido una nueva charla-coloquio en Alcorce, esta vez con don Manuel Pérez Moya, sobre Escatología. El acto tuvo lugar en la sala de estar de mayores de Alcorce. Antonio Arrabal presentó al ponente, destacando algunos aspectos de su currículum, recogidos en el cartel. Antes le explicó Alcorce: era sólo un club juvenil, ahora también tenemos Club Sénior. Las personas mayores tenemos casi todos los miércoles una charla-coloquio, a modo de tertulia formativa. Antonio añadió que don Manuel ha cumplido sus bodas de oro sacerdotales, afirmando: «50 años a nuestro servicio».
Don Manuel Pérez Moya comenzó su charla ayudado de sus anotaciones, aunque apenas las consultó. Paso a transcribir un resumen de su charla (redactado en primera persona):
Cuando la gente habla de “lo último” en la vida, suele pensar en la muerte. Pero, para un cristiano, la muerte no es lo último: es lo penúltimo. Después de la muerte viene la vida con Dios, para siempre. Normalmente decimos que vivimos con Dios o junto a Él; pero estamos llamados a algo más profundo: vivir en Él, con Dios dentro de nosotros, en el corazón.
La Iglesia ha emitido varios documentos sobre Escatología. Entre los documentos recientes destaca «Quo vadis, humanitas?», de la Comisión Teológica Internacional, que aborda el futuro de la humanidad desde una antropología cristiana. También san Juan Pablo II, en «Fides et ratio», recordó la relación profunda entre fe y razón. Desde ahí podemos intentar comprender la escatología: no como una fantasía, sino desde la fe iluminada por la razón.
Vamos a intentar comprender la Escatología, desde la fe y la razón. La fe no contradice los datos verdaderos de la ciencia, la psicología, la antropología o la biología. Al contrario: la razón nos ayuda a comprender la fe con mayor profundidad. Por el Bautismo, Cristo nos incorpora a su Reino; por el Bautismo recibimos en el corazón la semilla de la vida eterna.
Como dice la sagrada Escritura, «Cristo es el Alfa y la Omega». El Alfa es su primera venida, la Omega es su venida última y definitiva. Él es el origen y la meta de la historia. Por eso, para los cristianos, la historia humana no es un ciclo que se repite indefinidamente, sino una historia lineal: tiene un principio, un sentido y un fin. La Iglesia rechaza la reencarnación, porque cada vida humana es única, insustituible e irrepetible.
Dios da tanta importancia a nuestra vida y a nuestra libertad que nuestras obras tienen un valor real. El tiempo que se nos concede en esta tierra es tiempo de prueba, de respuesta, de amor. En el Bautismo de un niño, primero se pregunta a los padres qué nombre quieren darle; después, qué piden a la Iglesia. Hoy el ritual responde: “el Bautismo”; antiguamente se decía: “la fe”. Y, con la fe, se pide la vida eterna. Desde el Bautismo llevamos ya dentro la semilla de la resurrección. Esa vida puede crecer, aunque también podemos libremente alejarnos de Dios o acercarnos más a Él.
La primera carta de san Pedro recuerda a los cristianos que son un pueblo consagrado a Dios. Y san Pablo nos dirá que somos ciudadanos del Cielo. Eso somos: ciudadanos del Cielo, aunque todavía caminemos en la tierra.
La gran pregunta que se han hecho todas las religiones y todos los hombres de todos los tiempos es esta: de dónde venimos y adónde vamos. El hombre de hoy, orgulloso de sus logros, puede llegar a pensar que no necesita nada ni a nadie, ni siquiera a Dios. Tenemos poder técnico, capacidad intelectual y avances médicos que han prolongado la vida humana: hoy vivimos, con frecuencia, 80 o 90 años, cuando en otros tiempos se vivía bastante menos. Pero no podemos olvidar la enfermedad, la fragilidad y la muerte. Si las olvidamos, por muy intelectuales que seamos, podemos olvidar también a Dios y perder la felicidad para siempre.
Desde que nacemos, somos la misma persona (no cambia nuestra «mismidad»). Cambia nuestra personalidad, evolucionamos, maduramos, pero permanece nuestra identidad: yo soy yo mismo. Me reconozco en este cuerpo, en esta alma, en esta historia, en esta psicología. Jesús nos dice que resucitaremos con un cuerpo glorioso como el suyo; un cuerpo por el que seguiremos siendo identificables. Al resucitar, cada uno será la misma persona que vivió en este mundo.
Los cristianos valoramos el cuerpo más que nadie, más que otras religiones o filosofías que creen que el cuerpo y el alma van por separado, como separados están los rieles de una vía, que nunca se encuentran. Nuestra vida de la gracia va entretejida con nuestra vida biológica, de tal manera que el futuro de nuestro cuerpo resucitado tendrá como base nuestra estructura corporal. Resucitaré con mi cuerpo, alma y psicología, con mi identidad masculina o femenina. El hombre resucitará como hombre y la mujer resucitará como mujer. En el cielo resucitamos hombre o mujer y no hay más, lo demás son pamplinas. Esto es lo que nos dicen los datos de la Fe y los de la Antropología filosófica.
Hemos visto la primera fase de la Escatología, Cristo es el Alfa. La segunda fase afectará al Cosmos y a la historia, es un dato también precioso. Por eso celebramos el día de Cristo Rey al final del año litúrgico, como recopilación de toda esa historia de salvación que llega a su fase definitiva: Cristo es la Omega. En la segunda venida de Jesús, todos los hombres resucitaremos con nuestro cuerpo espiritualizado, sin limitaciones de necesidades biológicas, ni de enfermedades, ni del espacio, ni del tiempo. Y ese cuerpo glorioso se unirá a nuestra alma y a nuestra psicología, cada uno en sí mismo sintiéndose el mismo, estará para siempre cara a cara con Dios. Todos formando la familia de Dios, viviendo plenamente felices en la vida eterna.
La escuela matemática polaca tiene un libro muy simpático que se titula «Por las matemáticas, a Dios». Es decir, que dos más dos son cuatro aquí y en Pekín, dele usted las vueltas que le dé, y así con todas los temas matemáticos, todo con una precisión y una lógica enorme. El hombre ha descubierto tantas cosas a través de la reflexión filosófica, de la lógica y de la observación científica de la realidad, y ha visto cómo el saber le lleva a deducir la existencia de Dios y a creer que al hombre y la mujer los crea Dios a su imagen y semejanza.
Dios nos crea a su imagen y semejanza y nos hace libres. Nuestros primeros padres decidieron alejarse de Dios queriendo ser como Dios. También hoy el hombre puede caer en esa tentación: querer ocupar el lugar del Creador. Esa soberbia y esa arrogancia nos apartan de Él. Con el pecado original entraron en nuestra historia el sufrimiento y la muerte. Pero Cristo, con su muerte y resurrección, venció a la muerte. Para nosotros la muerte sigue existiendo como realidad biológica, pero ya no tiene la última palabra: en Cristo se convierte en paso hacia la vida eterna.
Hay un poeta que escribe un dato muy bonito e interesante: monta un diálogo entre dos mellizos que estaban en el vientre de su madre. En el vientre de la mamá, un mellizo le dice al otro: «oye, con lo a gusto que estamos aquí, ¿tú crees que puede haber algo después de esto? Es que pienso que si esto es tan bueno tiene haber fuera de aquí algo mucho mejor». Su hermanito le dice: «¿Por qué te crees esa cosa? Después de esto yo no hay nada». Cuando nacemos, descubrimos otra vida, pues la muerte para nosotros es ese momento en el que pasamos a la Vida después de esta vida.
Eso nos dice la Fe, que nos habla de las Postrimerías: Muerte, infierno, Purgatorio y Cielo. Si tienes fe, crees que cada hombre está destinado a la vida eterna, a vivir plenamente con Dios, crees que Cristo viene a cogerte de la mano para llevarte al Cielo, justo al morir o después del Purgatorio, que es una misericordia que tiene para con nosotros el Amor de Dios. Pero si rechazas a Dios hasta el final, tú mismo te condenas al infierno, que consiste en la definitiva separación de Dios. Para ayudarnos en nuestra debilidad, está el sacramento de la Penitencia.
En la segunda avenida de Cristo, tendrá lugar el Juicio Final. Todos los hombres resucitarán con sus cuerpos. Los que aman a Dios, resucitarán en cuanto glorioso como el de Cristo, y los que lo odian, en cuerpo de muerte.
La razón y la fe nos llevan a creer en la resurrección y en la vida eterna. Como dice San Pablo, «si vivo, vivo por el Señor, y si muero, muero en el Señor». Desde el bautismo, somos del Señor, y Él no nos abandona.
La vida eterna es un don de Dios, y la muerte es solamente un estadio biológico que no destruye nuestra identidad. Resucitaremos con un cuerpo glorioso, libre de limitaciones y dolor.
La fe cristiana no es una teoría ni una ideología, sino una relación viva con Dios. Benedicto XVI recordaba que el matrimonio es un sacramento que consagra el amor de los esposos, y que deben cultivarlo para llegar a amarse «hasta la vida eterna».
El amor no acaba nunca, y si Dios nos ha hecho partícipes de su amor, ya tenemos la vida eterna dentro de nosotros. La muerte no puede devorar la totalidad de nuestra identidad como persona.
La fe nos dice que cada persona está destinada a la vida eterna, a vivir plenamente con Dios. Cristo viene a cogernos de la mano para llevarnos al Cielo, justo al morir o después del Purgatorio, que es una muestra de la misericordia de Dios.
Pero si rechazamos a Dios hasta el final, nos condenamos al infierno, que es la separación definitiva de Él. Para ayudarnos en nuestra debilidad, está el sacramento de la Penitencia.
En la segunda venida de Cristo, tendrá lugar el Juicio Final. Todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, unos para la Gloria y otros para la condenación. San Pablo viene a decir: si vivo, vivo por el Señor, y si muero, muero en el Señor.
La realidad objetiva existe, y la razón puede descubrirla. La dignidad del hombre se basa en que es creado a imagen de Dios. La vida es un don de Dios, y debemos vivirla con responsabilidad y la libertad que nos ganó Cristo.
El sufrimiento y la muerte están presentes, pero no son el final. Cristo ha vencido a la muerte y nosotros resucitaremos con Él. Porque nos ama, quiere que vivamos con Él para siempre, plenamente felices en Dios.
Finalmente, hubo turno de preguntas.
Al terminar, tomamos un estupendo aperitivo.
CHARLA-COLOQUIO
Ninguno.
Senderismo: del Lagar de la Cruz a Las Jaras
Ruta senderista del lunes 18-may-2026
Salimos a las 9:00 de la parada de taxis de la gasolinera de El Brillante. Dejamos los coches en el Lagar de la Cruz. Fuimos por El Rosal de 3 Palacios, finca La Matriz, Camino del Chaparral y Arroyo Don Lucas... hasta llegar a Las Jaras y su Lago de la Encantada.







SENDERISMO
Ninguno.
Mayo en Alcorce - Romería familiar
Ninguno.
Visita guiada a Medina Azahara. Un viaje al corazón de la ciudad brillante
 Visita guiada a Medina Azahara Experto y guía: Luis Recio Mateo Se puede ver su currículum en el cartel de arriba.
Hoy, miércoles 13-may-2026, día de la Virgen de Fátima, Luis Recio nos ha guiado a lo largo de nuestra visita al Centro de Interpretación y a las ruinas de Medina Azahara.
Rememorando la charla-coloquio de Antonio Vallejo Triano sobre Medina Azahara, Luis Recio nos ha descubierto hoy la Córdoba del Califato: la Ciudad Brillante, máximo exponente, junto a nuestra Mezquita Catedral, de la herencia islámica más importante de Al-Andalus.
Una espléndida visita cultural en la que se muestra que Córdoba, durante los siglos árabes del Califato, fue la ciudad más importante del mundo conocido. Medina Azahara, también conocida como «Medinat Al-Zahra», es el nombre de esta Ciudad Palatina, que fue construida en el siglo X por orden del califa «Abd-Raman» III (Abderramán III). El nombre «Medinat Al-Zahra» se traduce del árabe como «Ciudad de la Flor» o «Ciudad Brillante».
Explicó cómo es la piedra en la zona de Córdoba (caliza y granito) y también en la zona de Granada (arenisca y mármol), empleada en la construcción de la Alhambra.
Distinguió tres zonas de «Medinat Al-Zahra»: «Dar-Al-Mulk» (Casa del Califa), «Dar-Al-Wisir» (Casa de los Visires y Ministros) y «Dar-Al-Chund» (Casa de los Ejércitos), y arriba del todo el «Al-Kasar» (Alcázar) Omeya de Abderramán III y de su hijo «Al-Hakam» II (Alhakem II).
Lamentó no poder visitar el «Salón Rico», donde le hubiera gustado explicarnos, entre otras cosas y con rigor científico, el porqué de esa denominación moderna cuando, a decir verdad, fue siempre el «Salón del Trono» durante los casi cien años que duró el esplendor de la Ciudad Palatina. Los adornos de piedra caliza tenían un diamante en cada uno de sus intersticios. Esos adornos se denominan «at-tawriq» o, más comúnmente, «ataurique». Son un tipo de decoración geométrica y floral tallada en piedra, característica de la arquitectura islámica de la época. El estanque de delante de la fachada principal tenía como fondo mercurio, para que, al darle el sol, actuara como espejo que hiciera refractar sus deslumbrantes rayos en esos brillantes y en el resto del magnífico edificio.
También nos explicó cómo el día 3 de noviembre de 2001 tuvo el honor de estar en esta ciudad, acompañando a Sus Majestades los Reyes de España que, como anfitriones del Presidente Sirio «Bashar al-Ásad», visitaron primero nuestra Ciudad Palatina y después la Mezquita Catedral, en la que nuestro querido Luis Recio fue también su guía.
Durante todo el recorrido, Recio Mateo respondió a las preguntas de los asistentes, completando esta enriquecedora experiencia.






A la izquierda, se aprecian los atauriques («at-tawriq»)






(Por aquí entraba el agua que abastecía a toda la ciudad)

Arcos de herradura, y columnas con capiteles de pencas y de avispero (de tipo «Córcega» o «con decoración de piñas»)




Más columnas, éstas con capiteles de pencas, y más atauriques
Para las necesidades fisiológicas







VISITA CULTURAL MEDINA AZAHARA
Ninguno.
Concierto de primavera
Ayer, sábado 9 de mayo, disfrutamos del tradicional concierto de primavera, esta vez en la sala multiusos de Alcorce. Vino el grupo flamenco «Alma de Albero», con su espectáculo «Ecos de mayo».
(Daniel Morales «Mangue» no pudo venir)
          CLUB ALCORCE CONCIERTO DE PRIMAVERA
Ninguno.
Impacto de los ritmos circadianos en nuestra salud











El miércoles 6-may-2026 hemos tenido una nueva charla-coloquio en Alcorce, esta vez con el doctor Antonio García Ríos, sobre Impacto de los ritmos circadianos en nuestra salud. El acto tuvo lugar en la sala de estar de mayores de Alcorce. Antonio Arrabal presentó al ponente, destacando algunos aspectos de su currículum recogidos en el cartel y ampliando con otros que traía escritos. Arrabal comentó que a menudo traemos a este foro a eminencias con décadas de trayectoria, pero hoy contamos con la energía de la juventud combinada con un bagaje investigador de primer nivel. El doctor que nos acompaña es un experto de la Unidad de Lípidos y Arteriosclerosis del Hospital Reina Sofía, investigador del IMIBIC y alguien que ha llevado el nombre de nuestra medicina hasta Estados Unidos. Pero, más allá de sus títulos, es alguien que viene a hablarnos de algo que nos afecta las 24 horas del día: el orden interno de nuestro cuerpo, nuestros ritmos.
El doctor García Ríos comenzó su charla, ayudado de su infografía. Paso a transcribir un resumen de su exposición (narrada en primera persona):
Me alegro de tener delante a unas 50 personas a las que comunicar mi mensaje de salud, para que cada uno de ustedes se lo comunique a otras personas. Hoy no vengo a hablarles sólo como médico internista, sino como alguien que cree firmemente que la salud no es simplemente la ausencia de enfermedad, sino un equilibrio delicado con nuestro entorno. Os digo de antemano que el hecho de estar nosotros hoy aquí reunidos constituye un contacto social. Los contactos sociales son, junto con el ejercicio, importantes para la salud.
La salud, el cimiento de todo: Hay una frase de un filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, que resume perfectamente mi visión diaria en el hospital: «La salud no lo es todo, pero sin ella, todo lo demás es nada». Cada vez que ingreso a un paciente, me doy cuenta de que cuando la salud falla, la vida se detiene. Como médico creo en los fármacos, pero la mejor «pastilla» es la prevención. En los sistemas sanitarios modernos, invertimos muchísimo dinero en tratar la enfermedad y logramos un 11% de reducción de mortalidad, pero si invirtiéramos más en estilo de vida, el impacto en la reducción de muertes sería del 43%. Un pequeño gasto en prevención genera un beneficio brutal.
La Margarita y el orden temporal: Para entender cómo funciona nuestro cuerpo, quiero que piensen en una margarita. El otro día, en mi pueblo (Aguilar de la Frontera), fotografié una a las tres de la tarde: estaba radiante, abierta, recibiendo el sol. A las ocho de la mañana siguiente, esa misma flor estaba con sus pétalos muy caídos, resguardándose del frío y la humedad. Viven mejor con luz. Nosotros somos como esa margarita. Tenemos un orden temporal interno perfecto en cuanto a adaptarse al medio: 14:30 Máxima coordinación física. 17:00 Máxima eficiencia cardiovascular. 19:00 Mayor temperatura corporal. 21:00 Empieza a segregarse la melatonina, para prepararnos para el sueño. 06:00 - 10:00 El cortisol sube al máximo para darnos energía y empezar el día. Cuando rompemos este orden debido al estrés, el sedentarismo o la luz artificial de las pantallas por la noche, sufrimos lo que llamamos crono-disrupción. Estamos maltratando nuestros «genes reloj».
El sueño y la importancia de la siesta: Hay importantes empresas estadounidenses que conceden a sus empleados un tiempo para la siesta, pues de ese modo rinden más. El sueño no es un tiempo perdido, es una forma de «vida hacia adentro». Una persona de 90 años ha pasado más de 30 años durmiendo, ¿cómo no va a ser importante ese tiempo? En nuestros estudios con pacientes que ya han sufrido infartos, hemos descubierto datos interesantes: Curiosamente, dormir más de 8 horas en pacientes con riesgos cardiovasculares se asocia con mayor recurrencia de episodios cardiopáticos, a menudo por una mala calidad del sueño. La ciencia respalda la siesta, pero con condiciones. La siesta «de pijama» (de más de 30 minutos) puede ser contraproducente. Sin embargo, una siesta corta (menos de 30 minutos) mejora los niveles de glucosa, colesterol y ayuda a controlar el peso. Es un regulador metabólico increíble. Definió lo que es un «napper»: Alguien que practica el arte de la siesta conscientemente, utilizándola como herramienta estratégica para mejorar su rendimiento y bienestar. No se trata de dormir por pereza sino de optimizar tus ciclos de energía naturales para vivir mejor.
Cronotipos de acostarse y levantarse: Cada uno de nosotros tiene un cronotipo diferente. Los hay de 3 tipos: - Matutinos (Alondras): Nos levantamos con energía, pero a las 9 de la noche estamos agotados. - Vespertinos (Búhos): Personas que rinden al máximo de noche, no tienen prisa por acostarse, pero les cuesta arrancar por la mañana. - Intermedios: El tipo que se adapta a ambos horarios. Hemos detectado que los «búhos» suelen tener más riesgo metabólico. Tienden a ser más sedentarios, cenan muy tarde y suelen «picar» más del frigorífico, lo que se traduce en mayor obesidad y niveles de colesterol más altos. Van a contracorriente de la luz solar, y el cuerpo acaba pagando esa factura.
El Premio Nobel de Medicina de 2017 se otorgó a Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young por sus descubrimientos sobre los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano, es decir, el reloj biológico del cuerpo humano.
Desarrollaré estos temas: - ¿Influyen en los genes reloj en la dieta? - ¿Por qué el sueño? - ¿Por qué el cronotipo? - ¿Es posible tenerlo en cuenta en la práctica clínica habitual?
La mortalidad en España. La proporcionalidad en tantos por ciento de una enfermedad mortal con respecto a otra. Las muertes más frecuentes son las provocadas por problemas cardiovasculares. Después vienen los tumores. En tercer lugar los problemas respiratorios. En cuarto lugar, problemas digestivos. En quinto lugar los traumatismos, etcétera. Pues bien, las dos primeras causas de muerte (problemas cardiovasculares y tumores) están relacionadas con no respetar los ritmos circadianos. Os muestro un diagrama de muertes semanales en el mundo por enfermedad cardíaca o vascular, versus otras causas. Os explico algunas aclaraciones sobre las causas de la enfermedad cardiovascular.
La cronobiología clínica es la rama de la biología que estudia los ritmos biológicos y los fenómenos periódicos de los seres vivos. Analiza cómo los organismos organizan sus funciones fisiológicas (sueño, hormonas, metabolismo, etcétera en ciclos de 24 horas. Os comento los ritmos circadianos u otros periodos regulados por relojes biológicos internos.
Escuchar al cuerpo: Maimónides fue un pionero en relacionar la alimentación con la salud. En su obra «Ocho Capítulos sobre la Salud» (parte de su «Mishné Torá»), escribió algo así como: «La base de la preservación de la salud y la eliminación de las enfermedades... es la moderación en la comida, no comer excepto cuando se tiene hambre y no beber excepto cuando se tiene sed». En otras palabras, Maimónides defendía que la mayoría de las enfermedades provienen de alimentación desequilibrada (por exceso o por defecto), o de no atender a las señales del cuerpo (hambre, sed, saciedad).
Mediante dispositivos que miden el ritmo circadiano (parecidos a relojes de pulsera), hoy podemos dar recomendaciones personalizadas. No podemos cambiar nuestros genes, pero sí podemos cambiar nuestra conducta. Sincronizar nuestras comidas, nuestro ejercicio y nuestro descanso con la luz del sol es la herramienta más poderosa que tenemos. Al final del día, cuidar el ritmo de nuestro trabajo y de nuestro sueño es la mejor manera de asegurar que todo lo demás siga teniendo sentido, porque cuando falta la salud todo lo demás pasa a un segundo plano.
Resumo las actividades para una vida saludable en: alimentación, actividad física y sueño. *En cuanto a alimentación: la dieta mediterránea. Por cierto, los niños la están abandonando, comen cosas poco saludables. *Realizar algún tipo de ejercicio físico diariamente, preferentemente siempre en la misma franja horaria y en exteriores. *Recomendaciones generales en cuanto al sueño: - Dormir un máximo de media hora de siesta cada día. - Irse a dormir cuando se sienta sueño. - Comer a las mismas horas todos los días. - Cenar poco y al menos 2 ó 3 horas antes de irse a dormir. - Dormir en ambientes frescos, silenciosos y en oscuridad (sin TV, móvil, ordenador o radio encendida). - Establecer rutinas relajantes antes de ir a dormir. Relajarse escuchando música, leyendo un libro, practicando meditación, etc. - Utilizar preferentemente luces cálidas (de color anaranjado) durante las horas de la noche. Si uno se despierta durante la noche y tiene que ir al baño, utilizar luz de muy baja intensidad y de color anaranjado. - Evitar la utilización de dispositivos electrónicos durante las 2 o 3 horas previas a irse a dormir. - Evitar tomar sustancias excitantes durante las últimas horas de la tarde y antes de dormir.
Conclusiones: - Los ritmos circadianos influyen, claramente, en el desarrollo de patologías crónicas. - El sueño es un importante determinante de salud. - Los pacientes con cronotipo vespertino presentan mayor crono-disrupción. - La evaluación y recomendaciones en cronobiología serían un gran apoyo en la práctica clínica habitual, ya que podrían mejorar el control y evolución de enfermedades crónicas, más allá de las recomendaciones clásicas de estilo de vida.
Finalmente, hubo turno de preguntas. Hoy ha sido una de las ocasiones en que los que preguntaban felicitaban con más efusión al ponente.
Al terminar, tomamos un excelente aperitivo.
CHARLA-COLOQUIO
Ninguno.
Senderismo: aventura hacia el puente romano sobre el Guadalnuño
Ruta senderista del lunes 4-may-2026
Dejamos los coches en El Raso de la Mala Noche y caminamos hacia el puente romano, dejando a nuestra derecha El Raso Sol y Luna... Aventura adentrándonos en la fronda, hacia el puente romano sobre el río Guadalnuño, próximo a su desembocadura en el Guadiato, cerca del puente califal.












SENDERISMO
Ninguno.
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